domingo, 27 de marzo de 2011

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Hoy la primera lectura y el Evangelio que la liturgia de la palabra nos hace escuchar nos habla del agua. ¿Sabiendo que sin el agua no se puede vivir? El agua es símbolo de la vida, por eso también Dios la quiso utilizar para dar su Vida en el Bautismo. ¿Sabiendo que hay mucha gente que no tiene acceso al agua o a otras necesidades primarias por culpa de no tener el agua cerca? Muchos niños siguen muriendo de hambre y de sed, otros no pueden ir a la escuela porque tienen que recorrer largas distancias para traer agua a sus casas. ¿Sabiendo que los grandes organismos financieros (a los que Juan Pablo II llamaba “mecanismos perversos”) pretenden hacer del agua una mercancía y un negocio? Pero como todo esto no sale por la tele, no es noticia y, por lo tanto, no existe. Pero si existe, si está pasando.


El encuentro de Jesús con la Samaritana rompe muchos esquemas. En primer lugar religiosos, porque los judíos y los samaritanos no se pasaban, ya que los judíos consideraban a los otros como paganos, Y en segundo lugar rompe esquemas de género, ya que una mujer de aquella época no debía acudir sola a un pozo y tampoco hablar con un hombre que no fuera de su familia. Pero a Jesús lo que le importa es aprovechar aquel encuentro para acercar a aquella mujer a Dios. Y lo hace utilizando el elemento del agua, como escusa y como símbolo del Agua Viva que lleva a la Vida Eterna.

La Samaritana es una mujer con muchas carencias, necesita más profundidad en su vida, no tiene un agua que la satisfaga, tiene que recorrer un largo camino para recogerla y eso le impide dedicar más tiempo a otras cosas más importantes. Jesús elimina eso que tanto tiempo le ocupa para que pueda mirarse en su interior y profundizar en su vida. Cuando la Samaritana lo hace descubre una sed mayor, la sed de Dios, y pide el Agua Viva que calme esa sed. Jesús se la da. Y la Samaritana pasa a ser una audaz misionera que da testimonio de lo que el Mesías ha hecho con ella. Aquel testimonio de aquella mujer y la predicación posterior de Jesús hacen posible que muchos más crean y se acerquen a Dios en aquellos dos días que Jesús pasó con aquella gente.

Algo parecido le ocurre al pueblo de Israel en el desierto que, “torturado por la sed”, desconfía de la presencia salvadora de Dios entre ellos y se ponen en contra de Moisés. Sin embargo, Dios se muestra paciente, una vez más, y sigue saliendo al paso de lo que el pueblo necesita diciéndole a Moisés: “golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo”. Desconfianza, falta de profundidad en nuestra vida, sed de algo más profundo, necesidad de Dios… quizás con frecuencia nosotros nos veamos reflejados en alguna de estas carencias de las que nos habla hoy la Palabra de Dios.

La Cuaresma sigue siendo ese camino para acercarnos más a Dios y a los hermanos más necesitados. Ese ejercicio calmará nuestra “sed” y nos ayudará a descubrir en Dios el Agua Viva. Pedimos a Dios su Espíritu Santo, que hace de las personas seres capaces de comprender, discernir y orientar su existencia según el proyecto que Él nos ofrece. Miramos al crucificado y descubrimos ese “amor de Dios que se ha derramado en nuestros corazones”, como decía San Pablo en la segunda lectura. Y sigue diciendo: “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros”. Cristo amó a aquella mujer Samaritana, siendo ella pecadora, y dio su vida por ella. Dios amaba a su pueblo y le daba lo que necesitaba, a pesar de sus continuas infidelidades y desconfianzas. Jesús nos ama, da su vida por nosotros, nos ofrece lo que necesitamos en cada momento para vivir en profundidad, para descubrirle cerca de nosotros. La Cuaresma es una oportunidad, una gran oportunidad para acercarnos a ese Dios y para dejar que Él se acerque a nosotros a través de nuestros hermanos y sus necesidades. Aprovechémoslo y convirtámonos, como aquella mujer Samaritana, en valientes misioneros que den testimonio del Dios Vivo y Resucitado con su vida de cada día. Que la Eucaristía sea también alimento de vida eterna.